Una reflexión sobre la música, la ética y la responsabilidad de nuestras opiniones
Por Kike Yompian | Músico, compositor y educador
Vivimos en una época en la que todos podemos expresar nuestras opiniones y compartirlas con miles de personas en cuestión de segundos. Las redes sociales nos han proporcionado herramientas extraordinarias para aprender, enseñar y difundir el arte. Sin embargo, también han creado un escenario donde la descalificación, la controversia y el enfrentamiento pueden alcanzar mayor protagonismo que el conocimiento, la creatividad y el desarrollo artístico.
Como músico y educador, hay algo que me preocupa especialmente: la facilidad con la que una opinión puede convertirse en una verdad colectiva, incluso cuando no ha sido suficientemente investigada.
Y, sobre todo, las consecuencias que esto puede tener en las nuevas generaciones de músicos. No pretendo cuestionar el derecho de las personas a expresar sus opiniones. Lo que me interesa es reflexionar sobre la responsabilidad que adquirimos cuando nuestras palabras alcanzan a cientos o miles de personas, especialmente cuando hablamos del trabajo y la trayectoria de otros artistas.
¿Estamos investigando o simplemente buscando tener razón?
Cuando observamos una interpretación musical, especialmente una actuación en vivo, debemos comprender que estamos contemplando apenas una parte de una realidad mucho más compleja. Detrás de un músico existen años de estudio, experiencias, sacrificios, aciertos, equivocaciones y circunstancias personales que desconocemos. Una interpretación no puede reducirse exclusivamente a la precisión de las notas. En el rock, particularmente, el escenario representa un espacio donde intervienen emociones, espontaneidad, interacción entre músicos y conexión con el público. La técnica es importante, naturalmente, pero no constituye la totalidad de la experiencia artística. Quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a tocar en escenarios sabemos que una presentación en vivo no es simplemente la reproducción exacta de aquello que hemos estudiado o grabado. El escenario tiene una dimensión humana que resulta difícil de explicar únicamente mediante conceptos técnicos. Hay momentos en los que la energía de una interpretación, la interacción con los compañeros y la respuesta del público adquieren una importancia extraordinaria. Por eso, cuando alguien analiza una interpretación, considero fundamental comprender primero su contexto: el momento histórico, el estilo musical, las condiciones de ejecución y las características particulares del artista. Una grabación puede revelar determinados aspectos técnicos, pero difícilmente reproduce toda la experiencia de estar sobre un escenario.
Conocer una técnica no significa necesariamente comprender toda la experiencia humana que existe detrás de su ejecución.
Y aquí surge una pregunta: ¿podemos valorar adecuadamente una experiencia artística cuando desconocemos gran parte de las circunstancias que la hicieron posible?
El peligro de la información parcial
Actualmente vivimos un fenómeno conocido como infoxicación, término utilizado para describir la sobrecarga de información que dificulta procesarla y distinguir aquello que verdaderamente resulta relevante. Tenemos acceso a innumerables videos, publicaciones, opiniones y análisis. Pero disponer de mucha información no significa necesariamente estar bien informado. Una publicación cuidadosamente editada puede transmitir una apariencia de rigurosidad sin presentar todos los elementos necesarios para comprender una situación. Un video de diez minutos puede parecer una investigación exhaustiva. Sin embargo, su duración, edición y presentación no garantizan que las conclusiones sean correctas. Aquí aparece una pregunta fundamental:
¿Estamos buscando comprender la realidad o simplemente encontrar argumentos que confirmen lo que ya pensamos?
Investigar implica contrastar fuentes, examinar evidencias, reconocer las limitaciones de nuestras conclusiones y estar dispuestos a modificar nuestras opiniones. Cuando omitimos estos pasos, corremos el riesgo de transformar nuestras interpretaciones personales en afirmaciones aparentemente incuestionables. Y cuando estas afirmaciones se difunden masivamente, sus consecuencias pueden superar ampliamente nuestras intenciones iniciales. Existe, además, un fenómeno conocido como sesgo de confirmación: nuestra tendencia a prestar mayor atención a la información que coincide con nuestras creencias previas. En el entorno digital, este fenómeno puede intensificarse cuando las personas consumen reiteradamente contenidos que refuerzan una misma interpretación. Así, una sospecha puede transformarse en una acusación, una acusación en una aparente certeza y esa certeza en una opinión compartida por miles de personas.
Pero debemos recordar algo elemental: la cantidad de personas que creen una afirmación no determina su veracidad.
Cuando una comunidad convierte a alguien en autoridad
Otro aspecto que considero especialmente delicado es la formación de comunidades alrededor de figuras que utilizan la confrontación como una característica de su discurso. Una persona puede adquirir popularidad porque expresa públicamente aquello que otros piensan, pero no se atreven a decir. Sus seguidores comienzan a identificar esa actitud con valentía, autenticidad o conocimiento. Con el tiempo, puede producirse un fenómeno preocupante: las opiniones del creador dejan de ser examinadas y comienzan a ser defendidas simplemente porque provienen de él. De esta manera, la comunidad refuerza al creador y el creador refuerza las creencias de su comunidad. La provocación puede generar atención, la atención puede traducirse en reconocimiento y ese reconocimiento puede incentivar nuevas provocaciones. No significa que todas las comunidades digitales funcionen así, pero es un riesgo que merece nuestra atención.
La popularidad no convierte una opinión en verdad, así como el virtuosismo no convierte automáticamente a una persona en autoridad ética.
Aquí encuentro una paradoja interesante: algunos discursos que se presentan como expresiones del pensamiento crítico pueden terminar generando seguidores que no cuestionan a sus propios referentes. Y entonces debemos preguntarnos si estamos desarrollando pensamiento crítico o simplemente sustituyendo nuestro criterio por el de otra persona. La filosofía nos enseña precisamente a cuestionar nuestras propias certezas. No basta con examinar los errores ajenos. También debemos estar dispuestos a reconocer nuestras limitaciones y revisar nuestras convicciones. De lo contrario, el conocimiento puede terminar convirtiéndose en una herramienta para alimentar la soberbia en lugar de desarrollar la comprensión.
¿Qué estamos enseñando a los jóvenes?
Esta es, probablemente, mi mayor preocupación. Los jóvenes atraviesan una etapa importante de construcción de identidad, búsqueda de referentes y pertenencia a diferentes comunidades. En ese proceso, los músicos, docentes y creadores de contenido podemos ejercer una influencia considerable. No solamente enseñamos mediante nuestros conocimientos, sino también mediante nuestras actitudes.
¿Qué mensaje transmitimos cuando utilizamos nuestros conocimientos para ridiculizar a otro músico?¿Qué valores estamos promoviendo cuando convertimos las dificultades o posibles equivocaciones ajenas en entretenimiento? ¿Queremos formar artistas que desarrollen su sensibilidad, creatividad y capacidad de expresión, o personas que encuentren satisfacción en señalar los defectos de los demás?
Estas preguntas deberían formar parte de nuestra reflexión como educadores. Desde mi experiencia docente, considero que el aprendizaje musical debe comenzar por comprender el contexto de aquello que escuchamos. Cuando un estudiante me pregunta sobre determinado guitarrista, prefiero analizar con él su época, su propuesta musical, sus influencias y sus recursos expresivos. Después escuchamos, observamos y reflexionamos. No se trata de imponerle mi opinión, sino de proporcionarle herramientas para construir la suya. También considero importante evitar que nuestras preferencias personales condicionen anticipadamente la percepción del estudiante. Si antes de escuchar una interpretación le decimos que determinado guitarrista es extraordinario o, por el contrario, que carece de valor artístico, probablemente estaremos influyendo en su experiencia antes de que tenga la oportunidad de construir su propia apreciación. Prefiero comenzar con una invitación sencilla: escuchemos, observemos y tratemos de comprender.
Educar no consiste en decirle al estudiante qué debe pensar, sino en enseñarle a comprender antes de juzgar.
Un profesor puede transmitir conocimientos extraordinarios, pero también debe preguntarse qué valores está comunicando mediante su conducta. Porque el aprendizaje artístico no se limita a desarrollar habilidades técnicas. También implica sensibilidad, respeto, disciplina, creatividad y capacidad de convivencia.
El arte no puede reducirse a una demostración técnica
Existe una tendencia a intelectualizar excesivamente las manifestaciones artísticas, como si todo pudiera explicarse mediante parámetros objetivos y comparaciones técnicas. Naturalmente, el análisis musical es valioso. Podemos estudiar armonía, ritmo, articulación, composición, producción y ejecución instrumental. Pero el arte posee también una dimensión subjetiva y emocional. Una interpretación puede conmovernos profundamente sin responder a determinados ideales de perfección técnica. Del mismo modo, una ejecución técnicamente impecable puede no generar en nosotros una experiencia emocional significativa. Esto no significa que la técnica carezca de importancia, sino que debemos reconocer sus límites como criterio para valorar una obra. La historia del rock está llena de músicos cuya personalidad sonora, creatividad y capacidad expresiva han tenido una influencia extraordinaria. Y muchas veces esa identidad artística se ha construido precisamente a partir de características que no encajan en los parámetros tradicionales de perfección. Por eso considero importante diferenciar entre analizar los recursos utilizados por un artista y pretender establecer una sentencia definitiva sobre su valor musical. El arte no es una competencia permanente para determinar quién ejecuta más notas, quién toca más rápido o quién comete menos equivocaciones. Es también una forma de comunicación humana.
Cuando reducimos la música únicamente a sus aspectos técnicos, corremos el riesgo de olvidar aquello que nos llevó a enamorarnos de ella.
Detrás del instrumento existe una persona
Hay un aspecto que frecuentemente olvidamos cuando participamos en controversias digitales. Detrás de cada interpretación musical existe un ser humano. Una persona con una historia, una familia, dificultades, enfermedades, preocupaciones y circunstancias que probablemente desconocemos. Podemos cuestionar una interpretación, examinar una grabación o solicitar explicaciones sobre una actuación. Pero ninguna de esas acciones exige humillar a alguien ni desconocer su dignidad. La necesidad de comprobar un hecho no debería convertirse en una excusa para ejercer violencia verbal. Una investigación puede ser rigurosa sin ser destructiva. Y la búsqueda de la verdad no debería hacernos perder la empatía. Particularmente cuando hablamos de artistas que han dedicado gran parte de su vida a desarrollar su trabajo. Sus trayectorias no los hacen inmunes a los cuestionamientos, pero tampoco deberían quedar reducidas a una controversia o a unos cuantos fragmentos audiovisuales.
Me parece preocupante que, en determinadas discusiones digitales, olvidemos que nuestras palabras pueden llegar a personas que atraviesan circunstancias personales extremadamente difíciles. No siempre conocemos lo que ocurre detrás de una pantalla. Por eso, antes de participar en una descalificación colectiva, convendría preguntarnos si conocemos suficientemente los hechos y si nuestras palabras aportan algo verdaderamente necesario.
Una sospecha merece investigación. Una persona merece respeto.
Ambas cosas pueden coexistir perfectamente.
¿Y si utilizáramos nuestra energía para crear?
Como guitarrista, frecuentemente pienso en el tiempo que dedicamos a nuestras actividades. Podemos invertir horas revisando videos ajenos, buscando equivocaciones, elaborando respuestas y participando en enfrentamientos digitales. O podemos utilizar parte de ese tiempo para estudiar, practicar, componer, ensayar, enseñar y desarrollar nuestros propios proyectos artísticos. No estoy proponiendo renunciar al análisis ni al pensamiento crítico. Por el contrario, considero que ambos son indispensables. Lo que cuestiono es la necesidad de convertir el juicio sobre los demás en una actividad permanente. Personalmente, prefiero orientar mis esfuerzos hacia aquello que contribuye a mi desarrollo y al de mis estudiantes. Si dispongo de varias horas, probablemente encontraré mucho más sentido en utilizarlas para estudiar una obra, practicar guitarra, componer una nueva pieza o compartir conocimientos con mis alumnos.
Esto no significa que todos debamos utilizar nuestro tiempo de la misma manera. Significa que vale la pena preguntarnos qué estamos construyendo con aquello a lo que dedicamos nuestra atención. La música es un universo demasiado amplio y extraordinario como para reducirlo a una competencia por demostrar quién tiene razón o quién es superior. Quizá deberíamos recuperar una pregunta muy sencilla: ¿qué estamos aportando realmente a nuestra comunidad artística?
La ética como fundamento de nuestra convivencia
Desde la filosofía, considero que uno de los aspectos más importantes de nuestra formación es aprender a examinar la relación entre aquello que pensamos, aquello que decimos y aquello que hacemos. Los valores universales, como el respeto, la honestidad, la justicia y la responsabilidad, deberían orientar también nuestra participación en los espacios digitales. Tener conocimientos no nos exime de actuar éticamente. Y tener razón en un aspecto determinado tampoco nos concede el derecho de humillar a otra persona. Podemos discrepar profundamente con una propuesta artística sin convertir esa diferencia en un enfrentamiento personal. Podemos ofrecer recomendaciones sin desacreditar una trayectoria. Podemos investigar hechos sin convertir una sospecha en espectáculo. Personalmente, prefiero hablar de orientación, recomendaciones y acompañamiento antes que utilizar la expresión «crítica constructiva». Comprendo que otras personas puedan interpretar ese concepto de manera diferente. Sin embargo, desde mi perspectiva educativa, considero más valioso concentrarnos en aquello que podemos aportar para favorecer el aprendizaje y el desarrollo de los demás. El conocimiento adquiere una dimensión mucho más significativa cuando se comparte con responsabilidad y respeto.
Una reflexión final
La filosofía nos invita a examinar nuestras ideas, nuestras conductas y los principios que orientan nuestras decisiones. Y creo que esa reflexión resulta especialmente necesaria en una sociedad donde las opiniones circulan con una velocidad mucho mayor que nuestra capacidad de analizarlas. Antes de compartir una acusación, deberíamos preguntarnos si está suficientemente fundamentada. Antes de participar en una descalificación colectiva, deberíamos considerar sus consecuencias. Y antes de admirar incondicionalmente a una figura pública, deberíamos preguntarnos si estamos utilizando nuestro propio criterio. Como músicos, profesores y creadores de contenido, tenemos una responsabilidad que va más allá de demostrar nuestros conocimientos. Tenemos la oportunidad de contribuir a una comunidad musical donde el respeto, la sensibilidad, el aprendizaje y la honestidad sean tan importantes como la excelencia técnica. Porque, finalmente, la educación artística no debería limitarse a formar buenos instrumentistas.
Debería contribuir también a formar mejores seres humanos.
Quiero terminar con una reflexión que resume buena parte de estas ideas:
«La duda nos invita a investigar; la soberbia nos hace creer que ya conocemos la verdad».
Y agregaría una más:
«Antes de utilizar nuestro conocimiento para señalar los errores de los demás, preguntémonos qué estamos haciendo con él para mejorar nosotros mismos».
P. D. — Una reflexión sobre Jimmy Page
A lo largo de su carrera, Jimmy Page, guitarrista de Led Zeppelin, recibió críticas por la falta de precisión de algunas de sus interpretaciones en vivo. Incluso hubo quienes calificaron su ejecución como técnicamente descuidada. Sin embargo, estamos hablando de uno de los músicos que más contribuyeron a transformar la historia de la guitarra eléctrica, tanto por sus composiciones como por su sonido, creatividad y aportes a la producción musical.
Esto nos invita a reflexionar: ¿Qué habría ocurrido si hubiéramos valorado a Jimmy Page únicamente por sus errores técnicos? Probablemente habríamos pasado por alto una parte fundamental de su extraordinaria contribución artística. La historia de la música nos demuestra que la excelencia artística no siempre responde a los parámetros de perfección técnica que algunos pretenden establecer.
Porque una cosa es identificar las imperfecciones de un músico y otra muy distinta es comprender la grandeza de su obra.
Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que podemos transmitir a las nuevas generaciones: aprender a escuchar la música antes de apresurarnos a juzgar a quien la interpreta.
Kike Yompian
Músico, compositor y educador
Director de la Escuela MasterMusic