
Ni los clásicos fueron santos, ni el rock es puro ruido, ni tocar más notas te convierte en mejor músico
Hay frases que se repiten tantas veces que terminan adquiriendo apariencia de verdad.
“Los músicos de antes eran verdaderos artistas.”
“Los rockeros son drogadictos y alcohólicos.”
“Un concierto de música clásica es cultura; un concierto de rock es ruido.”
“La música clásica eleva el espíritu.”
“La música de antes sí era música.”
Probablemente todos hemos escuchado alguna versión de estas frases. Algunas provienen simplemente del gusto personal, y eso es perfectamente válido. Si alguien me dice: “Prefiero escuchar a Bach antes que a Led Zeppelin”, no hay absolutamente nada que discutir. Es su gusto. El problema comienza cuando una preferencia personal se disfraza de verdad universal. Una cosa es decir:
“Me gusta más Bach.” Y otra muy diferente: “Bach tiene nivel y el rock no.”
PARTE I
LA MÚSICA CLÁSICA TIENE MÁS NIVEL QUE EL ROCK
¿Contrapuntístico?
¿Rítmico?
¿Compositivo?
¿Interpretativo?
¿De orquestación?
¿De improvisación?
¿De producción?
¿De expresividad?
¿De innovación?
Decir simplemente que una música “tiene más nivel” es como afirmar que un edificio es mejor que otro sin explicar si estamos hablando de altura, arquitectura, resistencia, funcionalidad, belleza o innovación. La frase parece decir muchísimo. Pero, si no definimos el criterio, realmente dice muy poco.
Vivaldi frente a Dream Theater
Hagamos deliberadamente una comparación extrema. Por un lado tenemos a Antonio Vivaldi. Pensemos, por ejemplo, en el tercer movimiento de Summer de Las cuatro estaciones. Estamos frente a una música escrita hace aproximadamente tres siglos, construida dentro del lenguaje barroco.Hay secuencias, desarrollo motívico, contrastes, tensión armónica, virtuosismo instrumental y una extraordinaria capacidad para crear imágenes mediante sonido. La tormenta que Vivaldi intenta representar prácticamente puede sentirse. Ahora demos un salto gigantesco en el tiempo.
Escuchemos “Another Day” de Dream Theater.
Entonces vuelvo a preguntar:
¿Cuál tiene más “nivel”?
La pregunta nuevamente está equivocada. Vivaldi está trabajando con las herramientas musicales, estéticas e instrumentales de comienzos del siglo XVIII.
Dream Theater está trabajando dentro de un universo musical de finales del siglo XX. Uno utiliza violín, cuerdas y bajo continuo. El otro utiliza guitarra eléctrica, amplificación, sintetizadores, batería moderna, estudio de grabación y tecnología. Y aquí aparece algo que suele olvidarse. Lo que hoy llamamos de forma general música clásica representa varios siglos de evolución musical. El rock, en cambio, comenzó a consolidarse recién alrededor de mediados del siglo XX. Tiene menos de cien años ¿Cómo podemos comparar directamente una tradición que ha tenido siglos para desarrollar conservatorios, tratados, técnicas, repertorios, escuelas, instrumentos y sistemas analíticos con otra cuya historia todavía es relativamente joven?
Eso no convierte al rock en inferior. Simplemente significa que estamos comparando tradiciones con historias completamente diferentes.
Liszt y Jason Becker: cuando el virtuosismo cambia de instrumento
Pensemos ahora en Franz Liszt. Liszt llevó las posibilidades técnicas del piano de su época a niveles extraordinarios.
Arpegios.
Saltos.
Velocidad.
Independencia.
Extensión.
Dramatismo.
Su virtuosismo llegó incluso a producir un fenómeno social que posteriormente sería conocido como “Lisztomanía”. Ahora cambiemos de siglo. Cambiemos el piano por una guitarra eléctrica. Y escuchemos a Jason Becker. Becker apareció siendo prácticamente un adolescente tocando material técnicamente descomunal.
Escalas.
Sweep picking.
Legato.
Cambios rápidos de posición.
Pasajes neoclásicos.
Composición.
Melodía.
Control instrumental.
Entonces surge otra pregunta incómoda:
¿Por qué cuando Liszt toca una cantidad extraordinaria de notas hablamos de virtuosismo, pero cuando un guitarrista eléctrico hace algo semejante alguien puede reducirlo a “solo toca rápido”?
¿Por qué un arpegio ejecutado en un piano de concierto posee inmediatamente prestigio cultural, mientras que ese mismo concepto ejecutado con distorsión tiene que defenderse?
Pero existe un impulso artístico que continúa siendo prácticamente el mismo:
llevar un instrumento más allá de lo que parecía posible.
El problema jamás será admirar a Bach, Vivaldi, Mozart, Beethoven o Liszt. Yo mismo los admiro profundamente. El problema comienza cuando utilizamos sus nombres como armas para despreciar todo aquello que vino después.
PARTE II
LOS CLÁSICOS ERAN CULTOS; LOS ROCKEROS SON UN DESASTRE
Aquí aparece otro prejuicio extraordinariamente curioso. Y probablemente tenga mucho que ver con las imágenes que hemos heredado. Cuando imaginamos a un compositor clásico solemos visualizar esto:
Mirada seria.
Biblioteca.
Partituras.
Quizá una peluca.
Cuando pensamos en una estrella de rock aparece otra imagen:
Botellas.
Cigarrillos.
Backstage.
Hoteles.
Excesos.
Pero hay un pequeño truco.
Estamos comparando retratos oficiales de una época con fotografías, videos y escándalos documentados de otra.
Imaginemos por un segundo que Mozart, Wagner, Berlioz o Mussorgsky hubieran tenido teléfonos celulares alrededor.
TikTok.
Periodistas siguiéndolos.
Paparazzi.
Videos grabados dentro de hoteles.
Mensajes privados filtrados.
Probablemente la imagen que tenemos de algunos de ellos sería bastante diferente.
Brian May: cuando el rockero también mira las estrellas
Tomemos el caso de Brian May.
Estadios repletos.
Amplificadores.
Cabello largo.
Una guitarra eléctrica construida junto a su padre.
Perfecto material para construir el estereotipo del rockero.
Solo existe un pequeño inconveniente.
Victor Wooten: músico, educador y pensador
Otro ejemplo fascinante es Victor Wooten. Uno de los grandes virtuosos del bajo eléctrico contemporáneo. Pero reducirlo a “bajista virtuoso” sería quedarse muy corto. Wooten también ha desarrollado durante décadas una enorme actividad como educador. Ha escrito libros. Ha creado programas de enseñanza. Ha desarrollado campamentos musicales. Y tiene una visión de la música profundamente vinculada con la educación, la comunicación y el desarrollo humano. Otra vez aparece el problema.
El estereotipo no funciona.
El músico moderno puede ser intérprete, compositor, profesor, investigador, escritor y pensador. Exactamente igual que artistas de siglos anteriores.
Ahora quitemos el mármol de los compositores clásicos
Aquí es donde la historia se pone bastante más incómoda. Los grandes compositores tampoco eran personajes de porcelana. Eran seres humanos. Y un ser humano puede escribir música extraordinariamente bella y tener, al mismo tiempo, una vida profundamente complicada.
Es decir, la historia de los compositores clásicos contiene amores prohibidos, alcoholismo, deudas, obsesiones, rivalidades, traiciones, enfermedades, drogas y escándalos. ¿Nos resulta familiar? Exactamente. Porque no son características del rock.
Son características humanas.
Y para quien quiera profundizar específicamente en ese lado menos idealizado de los grandes compositores, ya escribí anteriormente otro artículo titulado:
Sexo, Drogas y Música Clásica: Los Genios que Eran Peores que las Estrellas del Rock
Porque si creemos que sexo, drogas, excesos y vidas tormentosas comenzaron cuando apareció el rock & roll, probablemente la historia de la música nos tenga preparadas unas cuantas sorpresas. El talento artístico nunca vino acompañado de un certificado de buena conducta.
PARTE III
LOS CONCIERTOS DE ANTES ERAN CULTURA; LOS DE ROCK SON PURO RUIDO
Ahora imaginemos un concierto de música clásica.
Terciopelo rojo.
Arañas de cristal.
Personas perfectamente vestidas.
Una orquesta afinando.
El director entra.
Silencio absoluto.
La batuta se levanta.
Nadie habla.
Nadie se mueve.
Nadie aplaude hasta el momento correcto.
Esa imagen existe.
Pero existe un problema:
Estamos trasladando las normas actuales de los conciertos hacia épocas en las que esas normas todavía no existían.
Durante buena parte de los siglos XVII y XVIII la relación del público con la música era muchísimo más espontánea. La gente podía conversar. Moverse. Comer. Socializar. Reaccionar durante una interpretación. Aplaudir una sección que le había gustado. En determinadas circunstancias, la música convivía con una vida social que hoy probablemente provocaría un infarto al espectador que gira furioso porque alguien desenvolvió un caramelo durante un Adagio. Mozart, de hecho, escribió en algunas de sus cartas sobre reacciones espontáneas del público durante sus obras.
Es decir:
El público reaccionaba mientras la música estaba ocurriendo.
La concepción casi religiosa del silencio absoluto en las salas de concierto se fue desarrollando posteriormente.
Mozart quizá se sorprendería de algunos conciertos de Mozart actuales
Hoy alguien puede mirar severamente a un espectador porque aplaudió entre movimientos. Pero durante otros periodos históricos esas reacciones podían ser perfectamente normales. Las costumbres cambiaron. La música no. Así que la idea de que durante toda la historia de la música clásica el público estuvo sentado solemnemente y en silencio absoluto simplemente no es correcta.
¿Y el rock siempre tiene que ser caos?
Ahora vayamos al otro extremo.
Yngwie Malmsteen.
Guitarra eléctrica. Marshall. Distorsión. Cabello largo. Metal neoclásico. Todos los elementos necesarios para construir el estereotipo. Y sin embargo, Malmsteen llevó su guitarra eléctrica frente a una orquesta sinfónica para interpretar su Concerto Suite for Electric Guitar and Orchestra.
¿Dejó Malmsteen de ser rockero porque estaba acompañado por una orquesta? No. ¿La guitarra eléctrica dejó de ser guitarra eléctrica porque apareció frente a músicos de formación clásica? Tampoco.
Metallica hizo algo semejante desde otro lenguaje con S&M junto a la San Francisco Symphony. Deep Purple exploró la relación entre rock y orquesta décadas antes. Jon Lord escribió música cruzando ambos universos. Y hoy muchísimos compositores mezclan orquesta, electrónica, sintetizadores, guitarras, música cinematográfica y producción moderna. La frontera nunca fue tan sólida como algunas personas quieren creer. Una orquesta no convierte automáticamente algo en arte superior. Una guitarra distorsionada tampoco convierte automáticamente algo en ruido.
PARTE IV
DIEZ MITOS MUSICALES QUE SE CAEN CUANDO UNO EMPIEZA A ESCUCHAR
1. “La música clásica es relajante, espiritual y eleva el alma”
Esta afirmación se repite muchísimo. Y cuidado: determinada música puede efectivamente provocarnos paz, introspección, emoción o incluso una experiencia que una persona interprete como espiritual. Pero eso depende de la obra, del oyente y del contexto. No del género automáticamente. Escuchemos el tercer movimiento de “Summer” de Vivaldi. Eso no es precisamente música para meditar tranquilamente. Es una tormenta. Violencia rítmica.
También podríamos escuchar La consagración de la primavera de Stravinsky. O determinadas obras de Bartók. O Shostakovich. O música atonal del siglo XX. ¿Todo eso necesariamente “relaja”? Evidentemente no.Y vayamos todavía un poco más lejos. ¿Puede una canción de rock elevar espiritualmente a alguien? Por supuesto. Una persona puede experimentar algo profundamente trascendente escuchando Pink Floyd, Queen, Led Zeppelin, un coro gregoriano, Bach, un canto tradicional africano o una improvisación de jazz.
La espiritualidad está en la experiencia humana, no en la etiqueta del género.
2. “El rock es pura bulla”
Escuchemos “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin.
La canción comienza con guitarra acústica. Textura delicada. Construcción progresiva. Entrada gradual de instrumentos. Una atmósfera completamente alejada de la caricatura del rock como volumen permanente. La misma banda capaz de hacer temblar un escenario podía comenzar prácticamente desde un susurro. Rock no significa volumen máximo. Exactamente igual que música clásica no significa tranquilidad.
3. “La música larga aburre”
Stairway to Heaven dura más de ocho minutos. Y más de medio siglo después continúa siendo una de las piezas más reconocibles del rock. Pink Floyd compuso obras muchísimo más largas. Dream Theater tiene composiciones de veinte minutos y más. Una sinfonía puede durar una hora. Una ópera puede durar varias. Entonces la duración no determina si algo es aburrido.
Una canción mediocre de tres minutos puede parecernos eterna.
Una obra extraordinaria de veinte minutos puede parecernos demasiado corta.
El problema no es cuánto dura. El problema es qué sucede durante ese tiempo.
4. “Ser virtuoso significa tocar rápido”
La velocidad es una habilidad. No es el virtuosismo completo.
Tomemos a David Gilmour.
Muchos de sus solos no contienen avalanchas de notas. Pero su control del bend, vibrato, afinación, timbre, dinámica, espacio y fraseo hace que unas pocas notas sean inmediatamente reconocibles. Podríamos decir algo semejante de B.B. King. O de Miles Davis. O de un gran intérprete clásico ejecutando un movimiento lento. A veces tocar tres notas con verdadera intención musical es mucho más difícil que ejecutar treinta mecánicamente.
5. “Mientras más complicada es la música, mejor es”
Si aceptáramos eso, tendríamos un problema serio con una enorme parte de la historia de la música popular. Escuchemos “Highway to Hell” de AC/DC. El riff principal no necesita una armonía laberíntica. No tiene que cambiar de métrica cada veinte segundos. No necesita demostrar complejidad.
La complejidad puede ser maravillosa. Pero complejidad y calidad no son sinónimos. Una fuga de Bach puede maravillarnos por su arquitectura contrapuntística. Un riff de Angus Young puede maravillarnos precisamente porque hace muchísimo con muy poco.
Economía también puede ser genialidad.
6. “La música clásica siempre tiene melodías bonitas y armonías ordenadas”
Quien afirme eso probablemente está imaginando solamente una pequeña parte de la tradición occidental.
Schoenberg. Webern. Berg. Stravinsky. Bartók.
Y muchos otros compositores del siglo XX comenzaron a desafiar deliberadamente las formas tradicionales de tonalidad, consonancia, melodía y estructura. Existe música académica diseñada precisamente para generar tensión.
La música clásica o académica no siempre quiso acariciar al oyente. A veces quiso sacudirlo.
7. “Los músicos de rock no estudian”
Brian May ya complica bastante esa afirmación. Pero podemos continuar.
John Petrucci estudió en Berklee. John Myung también. Steve Vai tuvo formación musical formal. Muchísimos músicos de rock, metal y jazz estudian armonía, composición, improvisación, lectura, producción, tecnología, contrapunto y orquestación. Otros son fundamentalmente autodidactas. Exactamente igual que ha ocurrido en distintas épocas de la historia.Un conservatorio es una vía extraordinaria de aprendizaje. No es la única.
8. “Para que algo sea música seria necesita una orquesta, muchos instrumentos o una gran estructura”
Aquí podemos retroceder muchísimo más que Bach. Hasta Pitágoras. La tradición pitagórica vinculó música y matemáticas utilizando algo extremadamente sencillo: el monocordio, un instrumento experimental con una sola cuerda cuya longitud podía modificarse para estudiar las relaciones entre los intervalos.
No existía siquiera aquello que siglos después llamaríamos “música clásica”.
Y, sin embargo, de aquella simple cuerda surgieron observaciones fundamentales sobre la relación entre sonido, proporción y número que marcarían profundamente el pensamiento musical occidental. Por eso también debemos tener cuidado con otra confusión frecuente:
Una orquesta es una formación instrumental, no una categoría de calidad.
Metallica tocando con una orquesta continúa siendo Metallica. Una banda sonora interpretada por ochenta músicos no se convierte automáticamente en una sinfonía de Beethoven. Y un músico solo con un instrumento puede producir una idea musical extraordinariamente profunda. La cantidad de instrumentos jamás garantizó la profundidad de la música.
9. “La guitarra eléctrica no pertenece a un escenario serio”
Yngwie Malmsteen ya respondió a esa afirmación hace bastante tiempo. Una guitarra eléctrica puede funcionar como instrumento solista frente a una orquesta.
También puede tocar:
- Blues.
- Jazz.
- Rock.
- Metal.
- Música experimental.
- Bach.
- Vivaldi.
- Una composición completamente nueva.
La electricidad no elimina la profundidad de un instrumento. Simplemente amplía su lenguaje. Un Stradivarius no posee automáticamente más sensibilidad que una Stratocaster. Todo depende de quién la tenga en las manos y qué tenga que decir.
10. “Ya no existen compositores como los de antes”
Esta probablemente sea una de las frases más interesantes de todas. Porque contiene una trampa histórica gigantesca. Nosotros no escuchamos toda la música que se escribió en 1750. Escuchamos principalmente la que sobrevivió. El tiempo hizo una selección brutal. Miles de compositores, obras mediocres, modas pasajeras y música olvidable simplemente desaparecieron. ¿Qué hacemos en cambio con la música actual?
Todo aparece simultáneamente en Spotify, YouTube, TikTok y las plataformas digitales.
Entonces estamos haciendo una comparación bastante injusta:
Comparamos las obras maestras seleccionadas durante trescientos años con todo lo que se publicó esta semana.
Claro que el pasado parece extraordinario. Ya fue filtrado. Pero basta explorar un poco para descubrir creadores contemporáneos dialogando de forma fascinante con esa tradición. Max Richter, por ejemplo, tomó Las cuatro estaciones de Vivaldi y realizó Recomposed.
Y construyó una nueva mirada sobre una música escrita aproximadamente trescientos años antes. El Vivaldi original continúa existiendo. Richter simplemente abrió otra ventana. Y eso continúa ocurriendo hoy en el rock progresivo, metal, jazz, música electrónica, bandas sonoras, minimalismo y música instrumental contemporánea. Tal vez los grandes compositores nunca desaparecieron.
Quizá algunos todavía no han muerto el tiempo suficiente como para que decidamos ponerlos sobre un pedestal.
PARA PENSAR
Tal vez el verdadero problema nunca haya sido la música clásica, el rock, el jazz, el metal ni la música contemporánea. El problema comienza cuando dejamos de escuchar y comenzamos a utilizar la música como una forma de sentirnos superiores a quien escucha otra cosa. Podemos amar profundamente a Bach sin necesitar despreciar a AC/DC. Podemos admirar la arquitectura musical de Vivaldi y emocionarnos después con Dream Theater. Podemos entrar en una sala sinfónica y maravillarnos con una orquesta, y esa misma noche escuchar una guitarra completamente distorsionada sin sentir que hemos descendido culturalmente varios escalones. La música no es una escalera donde arriba están los “cultos” y abajo los demás.
Se parece mucho más a un árbol gigantesco.
Y después de siglos, inesperadamente, vuelven a encontrarse. Así que quizá la pregunta nunca debió ser:
“¿Qué música tiene más nivel?”
Tal vez la pregunta realmente incómoda sea otra:


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